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Delegación Tlalpan
De cuando las piedras se mueven 


 

Segismundo Engelking Keeling 

Si uno sale del Anillo Periférico para tomar Zacatépetl con dirección a Camino a Santa Teresa (al suroeste del Distrito Federal) encontrará un edificio de tres cuerpos, notable por su porte y gallardía. Se trata de la Casa de la Cultura de la Delegación Tlalpan.

     Su fachada -que realmente impresiona- forma parte de un conjunto al que hay que acceder mediante un atrio escalonado para después ingresar a un foyer central que se percibe considerablemente disminuido, oscuro, y confinado a manera de yugo por tres niveles de áreas de oficinas, de lo que resulta al exterior un edificio en forma de salchicha, unido a su fachada como lo hace una lámpara de enchufe a su contacto. A lo anterior hay que agregar la existencia de enormes áreas asfaltadas (estacionamientos), que aumentan aún más la fealdad del conjunto.

     Cabe recordar que esta fachada FOTOGRAFÍA estuvo antes en lo que ahora es el crucero de la avenidas Patriotismo y Alfonso Reyes, crucero con el cual se logró un aligeramiento de la carga vehicular sobre avenida Revolución y que fue parte integrante del programa de introducción de los actuales ejes viales realizados a fines de los setenta. Un recordatorio de la ubicación de este monumento se aprecia en el desnivel existente en ese sitio, probable remanente de los cimientos que -quizá por incluir pilotes de piedra- hoy emergen lentamente.

     En su ubicación original, el monumento fue la caja de agua terminal del acueducto subterráneo que corre desde los manantiales de Xochimilco, por las avenidas Tlalpan, División del Norte y Alfonso Reyes, hasta Tacubaya, y que explica la existencia, aún hoy, de la estación de bombeo. Dada su escala, el proyecto -que contaba con un abocinado central para alojar el brocal del salto de agua- probablemente estuvo inspirado en la romana Fontana di Trevi

     Demolida la caja de agua, sus piedras fueron abandonadas por más de veinte años en un paraje del bosque de Tlalpan, hasta que, con la construcción de la Casa de la Cultura, decidieron reutilizarlas en 1994 para conformar la fachada principal. La obra fue realizada bajo la dirección del doctor Alberto Yáñez Salazar, quien debió modificar el abocinado para adaptarlo como acceso al nuevo edificio. 

     Así, tenemos uno de los proyectos menos afortunados del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez al que le fue anexado como complemento esta vieja caja de agua, lo que le confiere cierta gracia que no merece; al menos, con este hecho, posiblemente tiene garantizada su existencia... Una de cal por las que van de arena.


 
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