¿Será un gesto romántico e idealista imaginarse a inicios del siglo XXI una ciudad donde se privilegie el espacio público, como el lugar de encuentro social y de convivencia de toda una sociedad? ¿Será posible plantearse un recorrido urbano como peatón sin sentirse amenazado e inseguro? ¿Seremos unos nostálgicos empedernidos al recordar cómo apenas unas décadas atrás era posible caminar por cualquier parte sin paranoias ni miedos a sufrir un asalto?
Este panorama tan recurrente para todos los que nacimos después de 1950 —los de la generación de la crisis— empieza a tener respuestas muy contrastantes desde hace poco más de 20 años. Por un lado, las reflexiones especializadas y críticas de urbanistas, antropólogos y arquitectos que desde foros promovidos por la UNESCO, como el de la “Cumbre de las Ciudades” (Hábitat II) de 1996 con el lema “Humanizar la ciudad”, han permitido vislumbrar caminos para restituir el protagonismo a los ciudadanos. No obstante y en contraste, la iniciativa privada y los promotores inmobiliarios han sacado el máximo provecho del impacto de las recientes crisis económicas, y se han adelantado a cualquier propuesta de equidad social, a través de la proliferación de fraccionamientos cerrados, “segregados voluntariamente” y con la bandera de “privacidad y seguridad”. Entonces, después de lo dicho por los especialistas y realizado por los desarrolladores, ¿dónde queda la voz del ciudadano común?
Un texto como el de Latinoamérica: países abiertos, ciudades cerradas (Luis Felipe Cabrales Barajas, coordinador, Universidad de Guadalajara-UNESCO, 2002) permite ubicar tanto reflexiones críticas al llamado Nuevo Urbanismo, como descripciones de casos concretos en varias ciudades latinoamericanas. Desde el DF hasta Buenos Aires y pasando por Guadalajara, nuestros centros urbanos se están expandiendo sin ningún control hacia las periferias y municipios conurbados, a través de ese tipo de desarrollos o megaproyectos que implican nuevos asentamientos amurallados, y donde el afán de seguridad y exclusividad de los potenciales usuarios implica su aislamiento respecto a la ciudad tradicional. Se reconocen condiciones estructurales que han propiciado un deterioro considerable en las ciudades; desempleo, delincuencia y abandono de los centros históricos entre otros; sin embargo, en lugar de que las autoridades, técnicos y ciudadanía en general busquen alternativas para contrarrestar la descomposición social y el empobrecimiento de las mayorías, dejan hacer a las minorías privilegiadas sus propios guetos y clusters incrementando las desigualdades y contrastes entre la población.