En México, siempre hemos tendido al barroco: desde la época prehispánica (digamos, desde 700 d.C.); luego, a través de todo el quehacer colonial (1521-1821) el Barroco, el Neoclásico que se prolonga en la arquitectura ecléctica del siglo XIX y principios del siglo XX; el Art nouveau, el Art déco (recordemos a dos arquitectos estelares: Juan Segura y Francisco J. Serrano) y luego los racionalismos que condujeron al Funcionalismo y su reacción posmoderna, hasta la actualidad del año 2002.
Creo que debe exigirse tanto en la obra de arte como en la estética de cualquier objeto habitable que pretenda serlo, la originalidad de las formas y de las soluciones utilitarias y constructivas del espacio. Nunca en igual medida, porque los sistemas históricos de cada lugar, país y época determinan, facilitan o dificultan la originalidad buscada en los infinitos detalles y soluciones de la obra que resultan del problema y programa arquitectónico y de la sociedad. La originalidad formal está ligada directamente a los espacios regentes de la composición; de esta idea surge todo el conjunto.
Descubrimos a cada paso la voluntad, en todas las artes y artesanías, de tener formas expresivas como el color y la textura, y en sus formas generales, también el espacio arquitectural. Obviamente hubo la tendencia contraria en numerosos autores -arquitectos- en casi cuatro décadas (1930-1970), llámense racionalistas o funcionalistas. Ambas maneras de hacer arquitectura, publicitadas con demencia, tienen sus bemoles si se parte de la premisa de que todo material decora
: acero, concreto, cristal, madera, cerámica, aluminio, fierro, pintura, y desde luego, todas las artes plásticas integradas que hacemos muchos profesionales del arte. Por otra parte, hay que recordar las composiciones asimétricas en volúmenes y plantas, cuyas construcciones exigieron detalles finos así como la concurrencia de las artes plásticas (incluido el diseño de interiores), que urgentemente pidieron los paralelepípedos espaciales para atender la utilidad y los problemas humanos de caber, ver, y sentirse sicológicamente a gusto en los espacios de trabajo y de habitación, así como en los escolares y hospitalarios.